IV – Sin Hogar… De la llanura a la Montaña encontré al Lobo Estepario.

En Agosto del año 2014 me vi obligado por las circunstancias a salir de mi “zona de confort”, pues mi padre y mis hermanos decidieron vender el apartamento donde yo habitaba durante los últimos 15 años, el cuál era propiedad de mi Mamá, quién falleció en Agosto del año 2011

El hecho es que pasados estos tres años después de la muerte de Mamá ellos decidieron de manera unilateral vender el apartamento que me servía de vivienda, donde había compartido con mi Madre sus últimos años de vida a mi lado, brindándole los cuidados y compañía que mis hermanos no pudieron ofrecerle en su enfermedad y vejez como lo hubiese hecho cualquier buen hijo con su progenitora en esas circunstancias. Solo conté con la ayuda de Milagros Verde (mi pareja en ese entonces) para atenderla, y con la ayuda económica incondicional de parte de mi Padre, quién periódicamente venía a visitarla y que cuando mi salud me impidió seguirla atendiendo se la llevó con él a Valle de La Pascua con su “otra” familia a pasar sus últimos años hasta que tuvimos que trasladarla nuevamente a Caracas, en Julio del año 2011 en unas condiciones de salud muy precarias y bastante comprometida, debiendo hospitalizarla en el Hospital Militar de Caracas, donde falleció el 14 de Agosto del año 2011…

Llegado el momento de afrontar la realidad de que debía abandonar la que había sido mi vivienda durante los últimos 15 años y sin la posibilidad de poder adquirir o alquilar una vivienda alterna, me vi sometido a una profunda presión psicológica con su carga de ansiedad, angustia y depresión ante tales acontecimientos. El fantasma de mis ideas suicidas reapareció con su acostumbrada vehemencia y estuve a punto de entregarme a sus deseos pero una vez más prevaleció mi instinto de supervivencia.

Pensé en negarme a firmar la venta como parte de los herederos de mi Madre y así evitar la transacción que tenían ya adelantada mis familiares, pero luego sentí que mi precaria condición económica así como mi deteriorada salud no me hacían un buen contendor para esa difícil batalla familiar y legal. Es por eso que en contra de las recomendaciones que me hacía mi abogado de oponerme a la venta para preservar mi seguridad de vivienda, decidí firmar y así permitir que siguiera su curso la negociación aunque con esa decisión estaba quedando en la calle, como en efecto sucedió.

Es así como el día 04 de Agosto del año 2014 salgo del apartamento del Celeste en Montalbán, con mi carro lleno de equipaje y con rumbo al litoral central para ordenar mis ideas y decidir qué camino inmediato tomaría en esta “aventura gitana” o mejor dicho de “Homeless” que recién comenzaba.

Debo mencionar que en los días previos a la firma definitiva del documento de venta en el registro principal, surgió el ofrecimiento por parte de mi padre que él me ayudaría con un aporte económico para así facilitarme una eventual adquisición de una modesta vivienda en Barinas o en algún otro lugar para solucionar mi problema de vivienda. De igual manera mi hermana Elizabeth Coromoto me ofreció la posibilidad de alquilarme un anexo en una casa propiedad de su esposo en la quta. Lurgema en La Paz.

Para no entrar en un recuento nada grato para mi memoria de estos acontecimientos, solo quiero reiterar que ninguno de estos ofrecimientos llegó a hacerse realidad, ni el anexo en alquiler de mi hermana, lo cual me obligó a tener que regalar una parte de mis enseres personales que había dejado para llevarlos al citado anexo y tampoco el ofrecimiento de mi Padre de ayudarme económicamente para comprar una vivienda, debo comentar que incluso llegué a concretar un par de potenciales compras en Barinas, las cuales tuve que abortar ante las evasivas respuestas de parte de mi Padre para el aporte de la ayuda ofrecida.

La Manguita

En vista de todo lo antes mencionado y luego de pasar unos días en la finca de un amigo en Barinas, después de haber dejado todas mis pertenencias en la casa de mi ex-esposa Gretty y mi hija Vanessa, (ver Carta de un Padre a su Hija) decidí emprender un viaje-aventura, como un Lobo Estepario hacia mi amado páramo andino merideño y así lo hice a finales de Octubre del año 2014.

Me alojé unos días en una hermosa posada en las afueras de Santo Domingo, en el sector El Baho, en La Posada Los Ángeles de la familia Rivas.

Después de pasar varios días como turista adinerado decidí buscar un alojamiento más económico en el propio pueblo de Santo Domingo de Guzmán, en el municipio Cardenal Quintero de él estado Mérida.

Allí conseguí una modesta habitación en alquiler en la casa de la Sra. Matilde y el sr. Ismael Monsalve, en la que estuve viviendo durante casi tres meses, al estilo de Harry Haller…

En Diciembre del año 2014 decidí mudarme a La Posada Las Morochas propiedad de la Sra. Ana Lucía Ramírez viuda de Peña donde permanecí hasta el mes de Mayo del año 2017 pasando lo que serían los 30 meses más tranquilos y felices de mis últimos días de vida, viviendo como un Lobo Estepario, solo, con dos almas dentro de un solo pecho, tratando de reconciliar al hombre y al lobo o tal vez dejando que finalmente uno de los dos prevaleciera y lograra imponerse sobre mis angustias, mis temores y sobre mis debilidades…

Allí conocí a Jesús Leonardo “LEO” Peña Ramírez, un ser excepcional, el quinto hijo de la Sra. Ana Lucía, un muchacho de 30 años (cuando lo conocí) con una severa discapacidad motriz y de lenguaje, con un leve retardo mental, pero con un gran corazón y un don de buena gente que le “brota por los poros”, quién postrado en su silla de ruedas me dio grandes lecciones de vida y me regaló muchos momentos alegres y felices a su lado.

Siempre llevaré en mi corazón a mi “compadre” Leíto 

Jesús Leonardo Peña Ramirez

Fueron casi tres años viviendo entre la paz y tranquilidad de las montañas, las cuales tuvieron un efecto terapéutico sanador sobre mi persona, ya que mis dolencias físicas y espirituales se redujeron a su mínima expresión y puedo decir que en líneas generales disfruté de “buena salud” en mi estadía en el páramo andino, en el Bendito y Mágico Páramo Merideño, entre ríos, lagunas, neblina y montañas pude encontrarme conmigo mismo y disfrutar de la Paz y Tranquilidad que brindan las mágicas tierras Merideñas.

Allí puede realizar unos magníficos paseos y excursiones por toda el hermoso páramo andino, disfruté viviendo como un montañista e incluso me compré una moto enduro para disfrutar de aquellos parajes a donde no podía llegar en mi carrito. De verdad que le agradezco a Dios y a la Divina Providencia por haberme brindado ese anhelado regalo de mi feliz permanencia en esas mágicas montañas Merideñas, un regalo que me llevo atesorado en lo más profundo de mi corazón.

Como todo en la vida tiene su “final”, esa etapa llegó a su fin en Mayo del año 2017, pues por razones económicas me vi obligado a abandonar nuevamente mi zona de confort en la Posada Las Morochas y bajar a Barinas a pedirle albergue a mi hija Vanessa y a su Mamá Gretty, en su casita de Barinas, donde me encuentro actualmente esperando a ver cómo se resuelve mi dilema habitacional…

Me siento nuevamente como un “Lobo Estepario” deambulando entre las tinieblas y sintiéndome un extraño entre mis semejantes, sintiendo que estoy en el lugar y en el momento equivocado… esperando un final, una liberación que no llega…

Esto me hace buscar el libro de Herman Hesse y releer algunas páginas y me permito compartir la siguiente poesía y una reflexión del conocido autor por la similitud con mi situación y pareciera que fue escrita para mí:

“Yo voy, lobo estepario, trotando

por el mundo de nieve cubierto;

del abedul sale un cuervo volando,

y no cruzan ni liebres ni corzas el campo desierto.

Me enamora una corza ligera,

en el mundo no hay nada tan lindo y hermoso;

con mis dientes y zarpas de fiera

destrozara su cuerpo sabroso.

Y volviera mi afán a mi amada,

en sus muslos mordiendo la carne blanquísima

y saciando mi sed en su sangre por mí derramada,

para aullar luego solo en la noche tristísima.

Una liebre bastara también a mi anhelo;

dulce sabe su carne en la noche callada y oscura.

¡Ay! ¿Por qué me abandona en letal desconsuelo

de la vida la parte más noble y más pura?

Vetas grises adquiere mi rabo peludo;

voy perdiendo la vista, me atacan las fiebres;

hace tiempo que ya estoy sin hogar y viudo

y que troto y que sueño con corzas y liebres

que mi triste destino me ahuyenta y espanta.

Oigo al aire soplar en la noche de invierno,

hundo en nieve mi ardiente garganta,

y así voy llevando mi mísera alma al infierno.”

“Allí tenía yo, pues, dos retratos míos en la mano; el uno, un autorretrato en malos versos, triste y receloso como mi propia persona; el otro, frío y trazado con apariencia de alta objetividad por persona extraña, visto desde afuera y desde lo alto, escrito por uno que sabía más y al propio tiempo también menos que yo mismo. Y estos dos retratos juntos, mi poesía melancólica y vacilante y el inteligente estudio de mano desconocida, los dos me hacían daño, los dos tenían razón, ambos dibujaban con sinceridad mi existencia sin consuelo, ambos mostraban claramente lo insoportable e insostenible de mi estado. Este Lobo Estepario debía morir, debía poner fin con propia mano a su odiosa existencia, o debía, fundido en el fuego mortal de una nueva auto inspección, transformarse, arrancarse la careta y sufrir otra vez una auto encarnación. ¡Ay!

Este proceso no me era raro y desconocido; lo sabía, lo había vivido ya varias veces, siempre en épocas de extrema desesperación. Cada vez en este trance que me desgarraba terriblemente las entrañas, había saltado roto en pedazos mi yo de cada época, siempre lo habían sacudido violentamente y lo habían destrozado potencias del abismo, cada vez me había hecho traición un trozo favorito y especialmente amado de mi vida y lo había perdido para siempre(…)

(…) Entonces empezó mi aislamiento. Y más tarde, al cabo de los años, años amargos y difíciles, después de haberme construido, en severa soledad y penosa disciplina de mí mismo, una nueva vida ascético-espiritual y un nuevo ideal y de haber logrado cierta tranquilidad y alteza en el vivir, entregado a ejercicios intelectuales y a una meditación ordenada con severidad, se me vino abajo también esta forma de vida, perdiendo en un momento su elevado y noble sentido; de nuevo me lanzó por el mundo en fieros y fatigosos viajes, se me amontonaban nuevos sufrimientos y nueva culpa.  Y cada vez, al arrancarme una careta, al derrumbamiento de un ideal, precedía este horrible vacío y quietud, este mortal acorralamiento, aislamiento y carencia de relaciones, este triste y sombrío infierno de la falta de afectos y de desesperanza, como también ahora tenía que volver a soportar.

En todos estos sacudimientos de mi vida salía al final ganando alguna cosa, eso no podía negarse, algo de espiritualidad, de profundidad, de liberación; pero también algo de soledad, de ser incomprendido, de desaliento.

Mirada desde el punto de vista burgués, mi vida había sido, de una a otra de estas sacudidas, un constante descenso, una distancia cada vez mayor de lo normal, de lo permitido, de lo saludable. En el curso de los años había perdido profesión, familia y patria; estaba al margen de todos los grupos sociales, solo, amado de nadie, mirado por muchos con desconfianza, en conflicto amargo y constante con la opinión pública y con la moral; y aunque seguía viviendo todavía dentro del marco burgués era yo, sin embargo, con todo mi sentir y mi pensar, un extraño en medio de este mundo. Religión, patria, familia, Estado, habían perdido su valor para mí y no me importaban ya nada; la pedantería de la ciencia, de las profesiones, de las artes, me daba asco; mis puntos de vista, mi gusto, toda mi manera de pensar, con la cual yo en otro tiempo había sabido brillar como un hombre de talento y admirado, estaba ahora olvidada y en abandono y era sospechosa a la gente. Aunque en todas mis dolorosas transformaciones hubiera ganado algo invisible e imponderable, caro había tenido que pagarlo, y de una a otra vez mi vida se había vuelto más dura, más difícil, más solitaria y peligrosa. En verdad que no tenía ningún motivo para desear una continuación de este camino, que me llevaba a atmósferas cada vez más enrarecidas, iguales a aquel humo en la canción de otoño de Nietzsche.

¡Ah, ya lo creo, yo conocía esos trances, estos cambios que el destino tiene reservados a sus hijos predilectos y más descontentadizos, demasiado bien los conocía! Los conocía como un cazador ambicioso, pero desafortunado, conoce las etapas de una cacería, como un viejo jugador de Bolsa puede conocer las etapas de la especulación, de la ganancia, de la inseguridad, de la vacilación, de la quiebra. ¿Habría de vivir yo esto ahora otra vez en la realidad? ¿Todo este tormento, toda esta errante miseria, todos estos aspectos de la bajeza y poco valor del propio yo, todo este terrible miedo ante la derrota, toda esta angustia de muerte? ¿No era más prudente y sencillo evitar la repetición de tantos sufrimientos, quitarse de en medio? Ciertamente que era más sencillo y más prudente. Y aunque lo que se afirmaba en el folleto del lobo estepario acerca de los «suicidas» fuera así o de otra manera, nadie podía impedirme la satisfacción de ahorrarme con ayuda del gas, la navaja de afeitar o la pistola la repetición de un proceso, cuyo amargo dolor había tenido que gustar, en efecto, tantas veces y tan hondamente. No, por todos los diablos, no había poder en el mundo que pudiera exigir de mí pasar una vez más por las pruebas de un encuentro conmigo mismo, con todos sus horrores de muerte, de una nueva conformación, de una nueva encarnación, cuyo término y fin no era de ningún modo paz y tranquilidad, sino siempre nueva autodestrucción, en todo caso nueva autoconformación. Y aunque el suicidio fuese estúpido, cobarde y ordinario, aunque fuese una salida vulgar y vergonzante para huir de este torbellino de los sufrimientos, cualquier salida, hasta la más ignominiosa, era deseable; aquí no había comedia de nobleza y heroísmo, aquí estaba yo colocado ante la sencilla elección entre un pequeño dolor pasajero y un sufrimiento infinito que quema lo indecible. Con frecuencia bastante en mi vida tan difícil y tan descarriada había sido yo el noble Don Quijote, había preferido el honor a la comodidad, el heroísmo a la razón. ¡Basta ya y acabemos con todo ello!”

(Extracto del libro “El Lobo Estepario” de Hermann Hesse, anotaciones de Harry Haller pgs. 45 – 48)

Como dicen en las películas: “cualquier parecido o semejanza con la realidad o con personas de la vida real es pura coincidencia”…

(Continúa)…

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