‘La excelencia en los valores’, por Pedro Paricio

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a través de ‘La excelencia en los valores’, por Pedro Paricio 

vía  Dame tres minutos por  

(…)

Esta tendencia hacia lo seguro es lo que debió condicionar anímicamente el entramado ético del pensador alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860). En los inicios del convulso siglo XIX, después de sus largos viajes juveniles por Francia e Inglaterra, se vio tan afectado por el sufrimiento de las clases humildes que llegó a afirmar: “A los diecisiete años me sentí impresionado por la miseria de la vida”. Con el paso del tiempo desarrolló un pesimismo filosófico anclado en la idea de que la práctica de la compasión se justifica como alternativa para afrontar la negatividad de nuestro mundo.

De este modo, “cuando nos encontremos con un hombre –añadiría el sabio de Danzig–, [conviene que] no nos paremos a pesar su inteligencia ni su valor moral. Consideremos sus miserias; entonces se despertará nuestra simpatía y experimentaremos por él conmiseración. La conmiseración es ese hecho asombroso y lleno de misterios en virtud del cual vemos borrarse la línea fronteriza que a los ojos de la razón separa totalmente un ser de otro ser”. En definitiva, si el individuo ve en todo dolor ajeno el suyo propio es porque reconoce en la angustia de los otros seres su yo más verdadero…

Sin menoscabo de reconocer el mérito conseguido por el docto prosista germano a la hora de calibrar la relevancia humana de la compasión, es necesario aclarar que su forma de acceder a ella y el papel que le otorgó en la existencia le impidieron descubrir todas sus ocultas potencialidades, aquellas que, emanadas de una lógica amorosa diferente, revelan a la compasión como una realidad inscrita en la eterna misericordia divina. Se trata de una dinámica ligada a un designio de la Providencia por la que, en lugar de dejar a la humanidad a merced del mal, diseñó su redención por medio de Jesucristo, de modo que el Dios-hecho-hombre asumiría en su corazón como propia –para transformarla– toda la miseria humana que de suyo le era ajena. Se trata de una omnipotencia plena de amor, cuya fuerza vence la resistencia de la iniquidad hasta superarla. La misericordia se muestra así como la vía que une a Dios y hombre. Este es el profundo alcance de un término que, utilizado fuera de la dimensión religiosa, resulta extraño para nuestro mundo actual, si no carente de significado concreto.

Se trata de una especie de código de barras que, grabado en todo cuanto existe, encierra la información y el modo de uso de un mundo limitado pero con sentido pleno, muy diferente de aquel abocado al absurdo y al fracaso según la representación esbozada por Schopenhauer. Frente a la huida ofrecida por la visión que de la compasión tenía este autor, la misericordia postulada por el cristianismo muestra el horizonte de una existencia deseable en su integridad: la que asume amorosamente un mundo por el que hay que transitar hasta que sea convertido en la realidad definitiva prevista por Dios.

Si, por desear el bien de la humanidad, Dios se siente responsable de ella y su misericordia es la forma de ejercer dicha responsabilidad, también el hombre ha de seguir el proceder divino. La misericordia no se constituye solo como obrar específico del Padre, sino también como criterio para saber quiénes son verdaderamente sus hijos. La responsabilidad de estos ha de ser ejercida desde una misericordia que custodie la correcta continuidad de la historia humana. Si la amplitud de onda de la misericordia de Dios es tal que –sin excluir a nadie– sale al encuentro de todos, la orientación del amor misericordioso de los cristianos debe seguir –como ha recordado el Papa Francisco– aquella misma amplitud.

A la hora de hacer frente a los múltiples desafíos de la actualidad mundial, el Pontífice ha clamado sobre la necesidad de percibir la profundidad de la misericordia divina. En múltiples ocasiones ha alertado que crece en el planeta el “río de miseria” provocado por la maldad humana. Es un río que va “en crecida”, pero que “nada puede contra el océano de misericordia que inunda nuestro mundo”. Se trata de un flujo infinito con el que Dios –por amar siempre– espera y perdona siempre, y sin el que no es posible la salvación eterna. ¿Cabe, pues, una inversión más segura? Muy lejos de la rentabilidad ofrecida por los mejores negocios bursátiles y de la estrategia desesperanzada de una ética agorera, la misericordia –dentro y fuera de los límites de lo abordado en el blog Dame tres minutos– es el valor por excelencia.

FUENTE: https://dametresminutos.wordpress.com/2018/09/01/la-excelencia-en-los-valores-por-pedro-paricio/

Una respuesta

  1. Pena de mundo. Con lo felices que podríamos ser, tan sólo, respetándonos los unos a los otros.

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