Jesús de Nazaret (III): El Mesías

Jesús El Mesías

(Viene de la segunda parte)

Un asunto de considerable importancia práctica en la actualidad es que Jesús repudia expresamente la idea de que las formas de religión, una vez arraigadas, puedan ser arrancadas y replantadas con las semillas de una flor extranjera: «Si intentáis levantar las cizañas, arrancaréis el trigo con ellas». Nuestras empresas de proselitismo misionario son, por tanto, completamente contrarias al consejo de Jesús. (…) Un cristiano sería, en su religión, un judío iniciado por el bautismo en vez de por la circuncisión, que aceptaría a Jesús como el Mesías y las enseñanzas de Jesús como de mayor autoridad que las de Moisés. (…) El que fue judío como Jesús y lo conoció, pudo seguirlo sin dejar de ser judío. (George Bernard Shaw, prefacio de «Androcles y el león», 1912)

So, if you are the Christ, the great Jesus Christ, prove to me that you’re not fool… walk across my swimming pool. If you do that for me, then I’ll let you go free. C`mon, King of the Jews! («Canción de Herodes», Jesucristo Superstar)

En tiempo de Jesús existían diversas formas de interpretar los conceptos de la religión judía y el cumplimiento de la Torá, palabra de uso variable que solía referirse a la ley mosaica escrita en la Biblia y también, para muchos, la trasmitida de manera oral…

La mayoría de los judíos de a pie, como ocurre en cualquier sociedad, mantenía un sencillo respeto a las normas básicas de su religión, pero sin grandes elaboraciones ni compromisos exagerados. Obviaban algunas de las normas más incómodas de la Torá o buscaban maneras ingeniosas de sortearlas. Por ejemplo, la prohibición de abandonar el hogar en sábado podía resultar muy inconveniente para la vida cotidiana, así que muchos interpretaban que el «hogar» era el perímetro de su población.

Casi cualquier precepto, concepto o dogma podía variar de significado dependiendo de quien lo definiera. La palabra «mesías» es el mejor ejemplo. Procedía del verbo mashah, que significa «aplicar aceite»; mesías significa, por tanto, «el ungido». En la Biblia hebrea el verbo mashah aparece en diversos contextos —por ejemplo, para designar el acto de barnizar un escudo—, pero tiene verdadera significación religiosa o política cuando se refiere a una persona a quien se ha aplicado un aceite aromático o consagrado durante algún tipo de ceremonia. En el mundo antiguo, la unción era parte habitual de las coronaciones y los nombramientos de sacerdotes; por extensión, referirse a alguien como «el ungido» constituía una muestra de reconocimiento de su importancia incluso aunque no tuviese un título o cargo oficial. Así, «Mesías» podía ser sinónimo de rey y sumo sacerdote, pero también de gran profeta, o podía ser una manera simple de dignificar a un individuo de entre los demás.

No había en la Biblia hebrea una definición concreta y unitaria de lo que es un Mesías, así que el uso que la gente hacía de la expresión «el ungido» iba variando según los cambios culturales y religiosos. Cuando Jesús afirmaba ser el Mesías, hablaba del concepto con el que los judíos de su época asociaban ese término y, aunque no todos imaginaban al Mesías con los mismos rasgos, sí estaban de acuerdo en una cosa: cuando el Mesías llegase, lo haría para sentarse en el trono de Israel.

El judaísmo en la Palestina en que vivió Jesús: Saduceos, fariseos, esenios y zelotes

Jesús y los fariseos

Ya vimos cómo la helenización de Palestina provocó un agrio enfrentamiento entre el judaísmo sacerdotal de los saduceos progriegos y el judaísmo rabínico de los fariseos antigriegos. El enfrentamiento había tomado dimensiones bélicas con la revuelta de los macabeos, pero durante la dominación romana los judíos ya no chocaban las espadas entre sí por estas cuestiones. Los romanos practicaban un estricto laissez faire en lo tocante al judaísmo de la Palestina ocupada y se abstenían de inmiscuirse en los asuntos religiosos locales, asuntos que no les importaban o ante los que sentían, incluso, cierto respeto.

Los judíos palestinos, con todo, entendían muy bien que los ocupantes romanos podían ser muy tolerantes cuando todo estaba tranquilo, pero también que eran ocupantes obsesionados con el orden público y que podían responder con una brutalidad extrema ante cualquier conato de disturbio religioso. Todo el Mediterráneo podía contar historias sobre cómo los romanos, llegado el caso, podían en plantar decenas o centenares de cruces a las puertas de una ciudad o a las veras de los caminos, dejando que los cadáveres de los crucificados fuesen devorados por aves rapaces y se pudriesen al sol como tétrica demostración de su intransigencia ante las revueltas.

En el primer tercio del siglo I d.C., pues, las disputas religiosas se mantenían en el terreno de lo doctrinal. Por descontado, seguían existiendo varias facciones convencidas de que su visión religiosa era la única correcta. Los saduceos y los fariseos, en particular, seguían personificando la división entre el judaísmo helenizado, que bajo gobierno romano había recuperado su poder institucional, y el judaísmo conservador de las clases populares. Había otros grupos minoritarios, como los esenios y los zelotes, quienes también se caracterizaban por interpretaciones casi opuestas de lo que suponía ser un buen judío.

Los saduceos, aristócratas helenizados que componían la clase sacerdotal de Jerusalén, eran un equivalente aproximado de la actual cúpula de la Iglesia católica, con la diferencia de que los saduceos sí podían casarse y tener hijos. De hecho existían enteras líneas familiares de sacerdotes: los kohanim, término del que procede el actual apellido «Cohen». Además, la palabra «saduceo» daba a entender el carácter genealógico del sacerdocio, puesto que indicaba que descendían del sumo sacerdote Sadoc, personaje del antiguo Israel bíblico y asistente de los reyes David y Salomón. Se ocupaban de los asuntos administrativos del Templo como ejecutores de la ley mosaica y recaudadores del impuesto religioso. En el Templo, además, se realizaba el acto piadoso más relevante del judaísmo: el sacrificio pascual. Cada fiesta de la Pascua los creyentes acudían al Templo, el único lugar donde estaba permitido matar un cordero como ofrenda a Dios. Después, cada creyente se llevaba su cordero a casa (o a su campamento, en caso de haber venido de otro lugar) y lo cocinaba para celebrar una cena ritual junto a sus allegados. Por este motivo, cada Pascua se producía una gran afluencia de gente hacia Jerusalén y los Evangelios cuentan que Jesús murió en Jerusalén porque había acudido allí para celebrar la Pascua.

Los romanos no deseaban interferir en estas festividades y solo querían prevenir desórdenes, por lo que trataban de llevarse bien con la casta sacerdotal, que era la encargada de organizar el evento. Los saduceos, a su vez, también intentaban llevarse lo mejor posible con los romanos. Primero por afinidad cultural, pues ya comentábamos en partes anteriores que las élites romanas estudiaban en griego temarios muy parecidos a los que estudiaban las élites palestinas. Y segundo, por conveniencia: los saduceos habían visto disminuido su poder institucional durante el periodo macabeo-asmoneo, pero lo habían recuperado gracias a Roma.

Lo que los saduceos no habían recobrado era la influencia directa sobre las clases populares. El Templo era reverenciado por todos los judíos y la institución del sacerdocio no era puesta en duda, pero eso no significaba que los saduceos fuesen vistos con buenos ojos por el judío común. Para los más conservadores o piadosos, los saduceos conformaban una cúpula impura, colaboracionista, corrupta y avariciosa. Su amistad con los ocupantes romanos, su presunto uso ilegítimo de las donaciones al Templo para engrosar sus fortunas personales o su indecorosa vida conyugal y social eran algunos de los motivos de desaprobación por parte de otras facciones. Las diferencias eran también doctrinales: los saduceos insistían en que la Torá escrita era la única guía de conducta de inspiración divina que los judíos debían seguir. Por supuesto, pretendían reforzar la idea de que ellos, como custodios de las escrituras, constituían la única autoridad moral. Sin embargo, también esta era una idea muy discutida.

Las sinagogas no habían dejado de canalizar la religiosidad cotidiana del pueblo. Continuaban sin tener carácter sagrado y, por trazar otra analogía, se parecían más a escuelas parroquiales desprovistas de santuario que a parroquias propiamente dichas, pero sus líderes, los maestros de la Torá o «rabís», eran figuras cruciales en las comunidades locales, sobre todo en el ámbito rural. Dado que la Biblia hebrea solía hablar en términos de narraciones o metáforas que apenas contenían guías de creencias concretas o catecismos (del griego κατηχισμός, «adoctrinamiento»), los rabís ayudaban a que el ciudadano pobre y sin educación formal pudiese navegar en la inconcreta complejidad de su antigua religión. Los rabís tampoco negaban la importancia del Templo como centro ceremonial y admitían que las guerras religiosas entre judíos eran cosa del pasado. Si los saduceos se sentían cómodos y protegidos por el amor que sus amigos romanos demostraban por el orden, los fariseos, alejados del poder, habían hecho lo único que podían hacer: volverse mucho más espirituales y pacifistas. Aun así, la diferenciación entre el judaísmo rabínico y el sacerdotal era muy profunda, resultado inevitable de siglos de evolución paralela.

Los fariseos no eran la única vertiente del judaísmo rabínico, pero sí lo dominaban y su visión conservadora era la imperante. No eran un grupo uniforme, no había una «iglesia farisea» como tal, pero compartían un núcleo de creencias y las diferencias entre fariseos eran menos que las cosas que tenían en común. Pese a la mala fama que los posteriores textos cristianos crearon en torno a los fariseos (causa de que el término haya sido usado como sinónimo de hipócrita o malvado), en su tiempo eran vistos como una alternativa de mayor estatura moral frente al establishment saduceo. No solo eran partidarios de una observación más estricta de las leyes, sino que habían aprendido a convencer antes que imponer. Pensaban que las leyes no se limitaban a los antiguos y no siempre útiles preceptos de las escrituras. Para ellos, la tradición oral era también una fuente de doctrina y también formaba parte de la Torá. Dado que había que saber interpretar esa tradición oral, los fariseos favorecían el debate y veneraban la razón como herramienta para alcanzar la sabiduría, más allá de la lectura pasiva de los textos sagrados.

Todavía rechazaban la helenización de las élites. Su pensamiento tenía una pátina nacionalista, ya que rechazar el uso del griego era como hoy rechazar el uso del inglés, una forma de darle la espalda a lo que sucede en la esfera intelectual internacional. Esto tenía sentido; para el palestino medio, la «esfera internacional» no existía más que como una ignota máquina de fabricar invasores.

Otra diferencia clave era que los fariseos creían en la vida después de la muerte y afirmaban que los hombres serían recompensados o castigados por sus actos en el más allá, posibilidad desdeñada por el dogma oficial de los saduceos (quienes, por ejemplo, tampoco creían en la existencia de ángeles). Debido a esto, los fariseos concedían especial importancia al libre albedrío, a la capacidad humana para decidir entre el bien y el mal, por lo que predicaban la caridad, la humildad, la mansedumbre y otras virtudes personales que ayudasen a que cada individuo pudiese salir indemne del juicio divino al que sería sometido cuando muriese.

Si los saduceos eran un equivalente aproximado de la jerarquía católica y los fariseos eran antecedentes del judaísmo rabínico posterior o de los primeros grupúsculos cristianos, los esenios eran un antecedente de las órdenes monacales. Todavía más obsesionados por la pureza moral que los fariseos, los esenios se alejaban de la sociedad, retirándose a pequeñas comunidades en las que compartían sus bienes y hacían voto de pobreza o castidad. Su aislamiento los hacía irrelevantes desde el punto de vista político, aunque tienen gran importancia en el estudio histórico debido a los textos que dejaron atrás, como los famosos «pergaminos del Mar Muerto».

En cuanto a los zelotes, eran la facción más nacionalista del judaísmo palestino. Les disgustaba que los saduceos hicieran migas con los ocupantes romanos. También es de suponer que el pacifismo de los fariseos debía de parecerles insuficiente. Los zelotes, de hecho, se alzaron en armas contra los romanos al poco de nacer Jesús. Su líder, Judas de Galilea, lideró una rebelión fallida contra los nuevos impuestos imperiales. Sesenta años después, en el año 66 d.C., los zelotes volvieron a impulsar una revolución que terminaría degenerando en una desastrosa guerra (durante la cual, para variar, los romanos demostraron una implacable dureza). Se identifica a los zelotes por su extremismo político hasta el punto de que uno de sus subgrupos más agresivos es conocido como «los hombres del puñal» o sicarios (del término sica, un arma a medio camino entre el puñal y la espada corta). La tradición dice que uno de los discípulos de Jesús era zelote, aunque es difícil imaginar a un zelote convencido siguiendo a un pacifista como Jesús.

Estas cuatro perspectivas ni siquiera eran las únicas, lo cual muestra que el judaísmo palestino del siglo I no puede ser considerado una religión homogénea. Era tal su antigüedad y había atravesado por tantos procesos de cambio que no existían dos maneras iguales de interpretar las escrituras o la tradición. Eso sí, algunos conceptos estaban muy extendidos entre casi todos los creyentes. Uno de ellos era la relativamente nueva figura del Rey Mesías, que personificaba la necesidad de recuperar la autonomía y unidad del reino de Israel.

El Mesías del primer tercio del siglo I

Jesús en un sermón

Las escrituras contenían diversas profecías que anunciaban la futura llegada de varios tipos de enviados de Dios. Los judíos palestinos habían ido incorporando esas profecías al nuevo concepto de Mesías. En la religiosidad colectiva, los Mesías como grandes figuras del pasado fueron desplazados por un Mesías que pertenecía al futuro. Bajo esta nueva acepción se escondía una mezcolanza desordenada de mitos antiguos y referencias a personajes bíblicos. La manera concreta de imaginar esa figura dependía, pues, de la visión particular de cada corriente religiosa, incluso de cada individuo concreto.

Muchos judíos de la época imaginaban al Mesías como un líder político y militar que estaría al mando de un ejército. Otros lo imaginaban como un sumo sacerdote dotado de grandes poderes. Había incluso quienes esperaban una figura celestial que descendería de entre las nubes rodeado de ángeles, en cuyo caso podían asimilarlo al enviado de Dios que vendría a la Tierra para juzgar a los creyentes en el fin del mundo (el uso que se le da al título «Hijo del Hombre» en el Nuevo Testamento deriva de esta visión). Mesías diferentes con un objetivo común: reimplantar la dinastía de David. El establecimiento del nuevo reino de Israel podía estar asociado también a fenómenos sobrenaturales. Por ejemplo, podría haber una serie de desastres en los que se purgarían los pecados de la humanidad, antes de que se produjese la resurrección física de los muertos y los creyentes gozasen de una vida eterna (también física) en un Israel convertido en paraíso terrenal desprovisto de enfermedades, hambre, guerras y, por supuesto, de romanos. Así pues, el Mesías necesitaba vencer a los enemigos de Israel, ya fuese por la espada o mediante milagros al estilo de Moisés. ¿Y quiénes eran los enemigos de Israel en el siglo I? Los susodichos romanos. Por descontado, a una mayoría de judíos les parecía insensata la sugerencia de enfrentarse a las poderosas legiones imperiales. Los zelotes lo ansiaban, pero muchos otros palestinos tenían bastante con intentar cumplir los preceptos religiosos más básicos en mitad de una vida pobre y sin expectativas como para además ganarse la ira de los romanos.

Entre los saduceos y las clases altas la aparición de un Mesías era desdeñada como una superstición. Entre las clases populares había posturas variadas. Para algunos, la llegada del Mesías era una esperanza abstracta más que una certeza sobre un hecho inminente que iba a suceder en el mundo real. Para otros sí era una esperanza concreta y, así, surgía de vez en cuando algún aspirante a Mesías que podía reunir un pequeño grupo de seguidores. También se encontraría con detractores, aunque anunciarse como Mesías constituía más una extravagancia que una grave ofensa religiosa.

Si se hablaba de un futuro Rey Mesías era, desde luego, porque alguien lo había estado anunciando. Desde unos ciento cincuenta años antes del nacimiento de Jesús abundaban ciertos personajes que anunciaban la inmediatez del cumplimiento de las profecías bíblicas mediante la pronta llegada del Rey Mesías. Eran los llamados «profetas apocalípticos». Hoy asociamos la palabra «apocalipsis» con el fin del mundo, pero su significado literal es «revelación»; la confusión proviene del hecho de que estos profetas solían anunciar el fin del mundo o, más bien, el fin del mundo como lo conocían. En realidad sus anuncios eran apocalípticos porque procedían de una revelación y el término preciso para definir sus visiones sobre el fin del mundo es «escatológico», que significa «lo que trata sobre lo último». Como curiosidad, en español también se usa «escatológico» para lo relacionado con la materia fecal por una simple casualidad, ya que hay dos palabras griegas, éskatos y skatós, que suenan casi igual y han tenido la misma transcripción fonética en nuestro idioma.

Los profetas apocalípticos judíos podían anunciar la llegada de un Mesías o podían presentarse como Mesías ellos mismos. Jesús fue un profeta apocalíptico porque predicaba un mensaje que le había sido revelado directamente por Dios, y escatológico porque trataba sobre el inminente fin del mundo conocido. En esto, Jesús no era una figura anómala ni inusual. Una divertida escena de La vida de Brian parodia esta proliferación de profetas apocalípticos y, pese a la obvia exageración cómica, la secuencia tiene base histórica. Jesús también anunciaba el cumplimiento casi inmediato de las profecías bíblicas y hablaba de algo que debía ocurrir en años o, como mucho, en décadas. En los propios Evangelios se lo retrata insistiendo sobre esa inmediatez, como cuando dice a sus discípulos: «No conoceréis la muerte antes de que estas cosas sucedan». La inminencia del cumplimiento de las profecías mesiánicas también está recogida en los textos cristianos más antiguos conocidos, las epístolas de Pablo de Tarso, quien también parecía pensar que todo lo anunciado por Jesús iba a suceder en aquella misma generación.

La famosa frase «Mi reino no es de este mundo» es una evidente adición posterior al mensaje original de Jesús. El reino del que hablaba Jesús solo tenía sentido para sus seguidores si era el reino de Israel de un milenio atrás, el de David. Cambiado y repleto de prodigios, pero terrenal. Porque ese era el reino del que hablaría cualquier aspirante a Mesías en el primer tercio del siglo I. No en vano, incluso la tradición cristiana recuerda que los romanos ejecutaron a Jesús bajo la acusación de presentarse como un rey (con el famoso letrero de la cruz que exponía con sorna el nombre del reo y la causa de su ejecución: Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, «Jesús de Nazaret, rey de los judíos»). Esto demuestra que a ojos de los romanos no había otra manera de interpretar lo que era un Mesías sino un aspirante a rey, aunque se puede discutir si la sola mención del título «rey de los judíos» bastaba para provocar a los romanos si no venía acompañada de algún otro incidente.

El judaísmo de Jesús

Jesús 3

Recordar que Jesús practicaba la religión judía puede parecer insistir sobre lo obvio, pero aún subsiste la idea errónea de que Jesús se separó del judaísmo para fundar una nueva religión. No hay ningún indicio de que lo hiciera. En el Evangelio de Marcos, el más temprano, escrito décadas después de su muerte por un autor que no era palestino, Jesús aparece retratado como un judío piadoso desde casi cualquier punto de vista. Muestra respeto a las leyes mosaicas. Predica en sinagogas y cita la Biblia hebrea. No intenta convertir a romanos ni a los griegos, sino a sus compatriotas de Galilea y a sus congéneres de Judea. Su mensaje original parece haberse conservado bien en las décadas de tradición oral, puesto que en los escritos del ámbito grecorromano que conocemos hoy Jesús tiene poco de grecorromano. El núcleo mollar de su prédica en esos textos es muy característico de lo que cabría esperar de un profeta apocalíptico palestino del siglo I. Su mensaje es un mensaje judío.

Tampoco existen motivos de peso para creer que Jesús pensó que ese mensaje fuese aplicable a los gentiles. Le hubiese sorprendido, y quizá incluso escandalizado, saber que terminaría convirtiéndose en el centro de la religión oficial del Imperio romano. Gracias a las cartas de Pablo de Tarso sabemos que los primeros seguidores judíos de Jesús —liderados por su discípulo Simón Pedro y su propio hermano Santiago— ni siquiera querían admitir a gentiles en su grupo. De la actitud de los discípulos de Jesús, que hoy calificaríamos de xenófoba y que era criticada con tanta acritud por Pablo, cabe deducir que el propio Jesús había hablado de cosas que concernían solo a los judíos y que, o bien se había opuesto a la salvación de los gentiles, o bien ni siquiera se había molestado en aclarar si los gentiles eran dignos de formar parte del futuro reino de Israel. Hay episodios de los Evangelios muy ilustrativos al respecto, porque parecen estar ahí para justificar que los gentiles sí pueden merecer la salvación. Un gran ejemplo es el episodio de la mujer fenicia a la que Jesús niega su ayuda por ser una extranjera (al menos hasta que ella le hace cambiar de idea, ¡el único momento del Evangelio de Marcos en que Jesús está equivocado y termina reconociendo su error!). La escena parece una rectificación del evangelista a la mentalidad original de los cristianos de Jerusalén, pero ya hablaremos de ello más detalle.

Lo que sí se ha debatido mucho es la corriente concreta de judaísmo que Jesús practicaba. Algunos han llegado a especular con la idea de que fuese un zelote, recordando que, según la tradición, uno de sus discípulos pertenecía a ese partido. También recuerdan que en la vida de Jesús debió de haberse producido algún incidente turbulento que fue recogido por la tradición oral y que podía haber justificado su crucifixión, como su arrebato agresivo en el Templo. También señalan el hecho, aceptado por los historiadores, de que los romanos lo ejecutaron bajo la acusación de sedición, cosa que quizá requería algo más que una simple declaración religiosa sobre su identidad mesiánica. Sin embargo, aunque sí pudo haber alguna trifulca provocada por él (el incidente del Templo parece verosímil), no hay indicios de que Jesús defendiera una revolución. Su tono debió de ser el de alguien que habla también de paz, humildad y mansedumbre, pues en la tradición temprana no hay rastro alguno de mensaje combativo. Además, si él se consideraba el Mesías, no podía pretender expulsar a los romanos por medios violentos, cosa que de todos modos hubiese sonado extraña en boca un carpintero galileo que no estaba precisamente al frente de un ejército y cuyo número de seguidores nunca debió de ser muy grande, no lo bastante como para que sus contemporáneos escribiesen sobre él como sí hicieron sobre otro profeta apocalíptico, Juan el Bautista.

Es tal el pacifismo que impregna casi todo el mensaje de Jesús que otros han defendido la posibilidad opuesta de que Jesús fuese un esenio o perteneciese a un grupo cuasi monástico. Citan sus periodos de retiro, el hecho de que no estuviese casado o el que dijese a sus seguidores que pusieran sus bienes en común. Sin embargo, según la tradición temprana, Jesús no huía de una posible contaminación moral, sino que gustaba de juntarse con el pueblo y parece ser que ni siquiera rechazaba a reconocidos pecadores en su entorno. No se le conoce pareja —tampoco se afirma que fuese célibe—, pero admitía a mujeres entre sus discípulos y no parecía muy preocupado por la moral sexual. En sus dichos no hay casi nada sobre sexualidad, algo que contrasta mucho con la doctrina de algunos de los primeros patriarcas cristianos (como Pablo de Tarso, quien sí parecía obsesionado con los temas carnales). Los Evangelios, aunque escritos en comunidades influidas por el legado de Pablo, no retratan a un Jesús puritano, sino a un Jesús preocupado por cuestiones de justicia social y económica. El Jesús del Nuevo Testamento, recordemos, condena con énfasis a los ricos, pero no a prostitutas, adúlteros u homosexuales. De hecho, por ejemplo, su mención al divorcio y el adulterio contrasta tanto con el resto de su mensaje que algunos estudiosos sostienen que se trata de una interpolación. El asunto es complejo, porque otro pasaje del que sí se sabe con seguridad que fue inventado con posterioridad (el momento en que Jesús detiene la lapidación de una mujer adúltera), aun siendo falso, demuestra que en la tradición cristiana primitiva no se veía a Jesús como alguien que considerase el sexo un problema relevante. El puritanismo sexual de muchos cristianos siempre ha tenido que basarse en otros textos, porque es casi imposible deducir una moral sexual estructurada de los dichos atribuidos a Jesús.

El Jesús de los primeros textos cristianos, que habla mediante parábolas y pretende convencer antes que imponer, pero que defiende la necesidad de cumplir la Torá, encaja mucho mejor con otro grupo religioso. Esto, dadas las ideas inculcadas en el imaginario por la tradición cristiana, puede sonar muy sorprendente, pero hoy se sugiere que Jesús fue un fariseo. O, al menos, un fariseo sui generis. Muchas de sus ideas concretas son ideas farisaicas. Como mínimo es innegable que el judaísmo de Jesús es el judaísmo rabínico de las sinagogas, lo cual encaja con un hombre de clase humilde que había crecido en una pequeña población galilea, y ya hemos visto que el rabinismo estaba dominado por el pensamiento fariseo.

Los historiadores también suelen coincidir en una idea recogida en los Evangelios, pero muy incómoda para los propios autores de aquellos textos: que Jesús fue discípulo de Juan el Bautista, quien predicaba el arrepentimiento porque esperaba algún acontecimiento inminente, que muy bien podía ser la llegada del Mesías. Es dudoso que Juan llegase a creer que Jesús era el Mesías como cuentan los Evangelios (y mucho más dudoso que fuese su primo), pero el hecho de que Jesús fuese bautizado por Juan —esto es, admitido entre sus seguidores— es algo que los historiadores consideran muy probable, por motivos que ya explicaremos.

En todo caso, Jesús no fue una figura revolucionaria, ni siquiera inusual, dentro del judaísmo palestino del siglo I. Se formó en las sinagogas. Se convirtió, como otros, en creyente del anuncio apocalíptico de Juan. En algún momento decidió que él mismo era el protagonista de ese anuncio. Todo esto encaja en el judaísmo de su generación. Incluso en la tradición temprana de los cristianos alejados de Palestina, Jesús es tan característicamente judío que resulta difícil encontrar elementos paganos en su mensaje (aunque sí los hubo luego en su biografía, cada vez más adornada por los distintos autores de los Evangelios conforme transcurrían las décadas).

Fueron más bien los seguidores de Jesús quienes, después de su ejecución, dieron una vuelta de tuerca a su figura para crear un nuevo concepto: el Mesías crucificado y penitente, el «cordero de Dios». Esto sí constituía una novedad porque, por primera vez, algo relacionado con Jesús chocaba de manera frontal con la visión religiosa de la mayoría. Un Mesías derrotado por los romanos sonaba tan absurdo que pudo haber sido olvidado, pero su crucifixión inspiró un sorprendente proceso religioso: el Mesías ya no estaba aquí para restaurar el reino de Israel, sino para cumplir unas promesas que empezaron a volverse cada vez más abstractas y que se fueron retrasando en el tiempo hasta terminar en el único lugar donde todavía podían ser sostenidas: la eternidad.

(Continuará)

Publicado por E. J. Rodríguez

FUENTE: https://www.jotdown.es/2018/12/jesus-de-nazaret-iii-el-mesias/

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