2020, el año en que se acabará el efectivo

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Fran Hogan CC0

«Los Estados Unidos son un banco, y el negocio de un banco es vender dinero». Desde Richard Nixon a Donald Trump este ha sido el lema que ha guiado la política de los presidentes estadounidenses. Un show me the money que de nuevo parecía a punto de conducirnos a una Tercera Guerra Mundial, tras el asesinato del general iraní Soleimani. Trump dejó claro que la guerra es tanto económica como militar, rebajando la tensión bélica generada por los misiles no mortales contra sus bases, pero anunciando nuevas sanciones económicas. ¿Por qué? Uno de los motivos detrás del conflicto en Oriente Medio se relaciona con el dinero en efectivo.

No, nos hemos vuelto locos. Aún no. En 1971 Richard Nixon convenció a Arabia Saudí y resto de grandes productores de petróleo en Oriente Medio de que hiciesen sus transacciones comerciales en dólares. Era importante seguir siendo la divisa hegemónica del comercio internacional, el cómodo lugar que se reservaron al final de la Segunda Guerra Mundial con los Acuerdos de Bretton Woods. Podrían seguir «vendiendo dinero» a cambio de protección militar. Kuwait pagó por la guerra del golfo, no fue gratis.

Así que mientras China se compra medio mundo financiando megaestructuras, EE. UU. gasta dinero y reputación en Oriente Medio, generando también ingresos. Hillary Clinton se preguntaba hace diez años aquello de «cómo puedes negociar en serio con tu banquero». Irán, Corea del Norte y Venezuela cuestionaban el valor de la divisa de referencia, poco antes de pasar a integrar el eje del mal. Apenas el año pasado Irán daba preferencia al euro. Y en medio de todo este lío, el ejército estadounidense y sus aliados de la OTAN «protegen los mercados», y los presidentes Made in USA enlazan una guerra con otra. Esta semana los índices se hundieron, el petróleo subió, Trump dijo que son autosuficientes energéticamente y la historia ha terminado con millonarios ingresos para las entidades financieras que comercian en dólares, la divisa del 80 % de las transacciones. Controlada por el país con la deuda y el presupuesto militar más salvajes del mundo moderno…

¿Y Soleimaini? Había acudido a Irán invitado por su primer ministro, y a sugerencia de Trump, para desescalar la tensión con Irak. Dijeron que habían matado al mediador por terrorista, pero nos quedamos con el hilo de Adam David, colaborador de The New Yorker. En el mismo explicaba que existe una conexión entre la Trump Organization y los guardianes de la revolución iraní… general Soleimani incluido.

Otro tuit sugerente fue el de Maxim A. Suchkov, uno de los editores del Al-Monitor, medio dedicado al análisis de Oriente Medio desde una visión menos occidental. Nos avisaba de que alguien se había forrado especulando con el oro horas antes del asesinato de Suleimani. No sé, Rick, una sola captura de pantalla de «un colega que trabaja en bolsa» no es una fuente contrastable. Lo que sí está claro es que el oro ha obtenido su cotización máxima en una década después del atentado, no antes.

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Aditya Vyas CC0

Rollos bursátiles y negocios sucios con aires de culebrón turco, pelazo incluido, que nos despistan sobre lo que verdaderamente estamos sufriendo. No otra guerra, ni siquiera mundial, sino el estadio casi final de la financiarización de la economía. Una etapa en la que las operaciones financieras tienen más valor e importancia que la producción de bienes o servicios. Razón por la que todas las grandes empresas aspiran a convertirse en bancos.

Las grandes multinacionales ya obtienen el 43 % de sus beneficios de operaciones financieras. No de vender productos y servicios, sino de dar crédito a sus clientes, y generar medios de pago, como la muy veterana tarjeta de El Corte Inglés, o los modernos acuerdos con visas «de marca» como las de Alcampo o Carrefour. Funciona siempre que los consumidores usemos esos medios de pago relegando el efectivo. Sí, Amazon tiene su propia tarjeta. Y Google ficha bancaria.

Algunas empresas aspiran además a un escenario donde usemos una divisa creada por ellos, al margen de la moneda estatal, y bajo su total control. Facebook lo ha intentado al crear su propia criptomoneda, libra. Prometió librarnos de los bancos, con el teléfono como medio de pago, y Calibra como «cuenta corriente» donde acumular tus libras, ahorrar, y en un futuro hasta invertir en bolsa. Visa y Mastercard, que fueron sus socios, han abandonado el proyecto, en parte por los escándalos de Cambridge Analytica —nuevos papeles filtrados de la empresa revelan que la manipulación global está fuera de control—;  y en parte porque muchos gobiernos pusieron su grito en el cielo. Tanto da, la red social va a seguir adelante. Tiene el respaldo de sus dos mil ochocientos millones de usuarios, que podrían generarle ingresos millonarios si les cobran una pequeña comisión por usar libra. En los países donde su legislación ya está avanzada en la regulación de las criptomonedas seguramente no habrá problemas. En el nuestro, quién sabe.

Amazon no revela el número de sus clientes, pero sus ventas anuales sumaron 207 240 millones dólares. Si sus planes de negocio no fallan, este año dará el paso para convertirse en un banco. En Francia, Italia y España podrán pagarse impuestos, viajes, seguros, actividades de ocio y hacer donaciones. En Reino Unido, Japón y Estados Unidos las PYMES ya han recibido de Amazon tres mil millones de dólares en financiación. Incluso Amazon Cash permite retirar billetes en las tiendas físicas de la marca en EE. UU. Por cierto, Google, Amazon y Microsoft ya son fuertes inversores en el negocio del petróleo.

¿Qué tiene esto que ver con lo de eliminar billetes y monedas físicos? Las empresas compiten por ser un medio de pago y distribuir crédito. Los Estados no son ajenos al fenómeno, y sus balanzas fiscales se alimentan de deuda —crédito al país, si quieren—. Obviamente nadie paga las transacciones internacionales con cajas llenas de billetes de dólar. El oro no se mueve de Fort Knox ni de la Reserva Federal, solo cambian los anotaciones en un ordenador. Son operaciones basadas en algoritmos y gestionadas a través de bancos. Quien pueda controlar ese flujo, ganará la guerra. La batalla sobre el terreno es opcional. Ya lo advertimos en un número anterior, su guerra es tu guerra. Esta va de recursos y divisas, lo otro es una cortina de humo.

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Freddie Collins CC0

Y esta batalla tiene daños colaterales. Por ejemplo empobrece a la clase media y beneficia solo al 1 % más rico. Que acaparó el 82 % de la riqueza mundial generada, según el último Informe Oxfam. Afecta a los trabajadores españoles, más de la mitad de los cuales son, involuntariamente, temporales. Incluso los trabajadores de Podemos. España sigue siendo uno de los países de la UE con más paro. Los economistas nos advierten de que esta situación lastra a las generaciones jóvenes. ¿A alguien le importa? A Piketty, que dice que se arregla con ciento veinticinco mil euros para todos al llegar a los veinticinco años. Nosotros tenemos dos veces veinticinco, estamos a favor. Y al Congreso, donde nuestros diputados han montado un circo esta semana para anunciarnos que tienen dos soluciones: una, un gobierno progresista, origen de toda bondad, y otra, el derrocamiento del mismo por cualquier medio, incluso militar. Siguen en Babia, provincia de León, que dice que se separa.

No estamos en los años treinta, sino en los veinte. Los trabajos precarios conducen a sueldos que no permiten consumir bienes, y la rueda gira hacia abajo. Alemania prevé que su producción de automóviles va a reducirse drásticamente y todas las empresas que abastecen piezas y neumáticos piensan ya en sustanciales reducciones de plantilla. Podemos recordar, como un sueño loco, los coches de alta gama que se veían circular por carreteras y calles españolas antes de la crisis de 2008. Otra crisis más que, como los momentos históricos en Catalunya, se nos amontonan de tal modo que ya no generan la emotividad que uno espera de ellas.

Quizá porque la sociedad ha cambiado, y felizmente no solo en lo financiero. Parece que la Generación Z no es peor que las anteriores. Hay mayor tolerancia hacia ciertos comportamientos. Aunque sigamos sin saber si esa exquisita forma de conducirnos a que ahora se nos obliga para no ofender a ningún colectivo o minoría es bueno o malo. Al escritor Matzneff el gobierno francés le ha retirado la ayuda económica que le prestaba como hombre de letras, y la editorial Gallimard deja de imprimir y retira de las librerías sus diarios íntimos. Pedófilo militante, nunca se escondió y siempre ha defendido sus relaciones sexuales con adolescentes. Su obra, para el que la encuentre, queda como ejemplo de lo que aplaudieron las élites intelectuales francesas de los setenta, ochenta, y noventa. La historia no le juzgará, ya lo ha hecho el presente.

En el otro lado de los libros está la muerte de Elizabeth Wurtzel, autora de Nación Prozac, una especie de Sylvia Plath que nos contó sin poesía la relación de EE. UU con las drogas. Es momento de recordar la crisis de opiáceos que sufre el país, y la familia responsable de ella, los Sackler. Su farmaceútica comercializó el OxyContin sin advertir que producía adicción. Hoy son asquerosamente ricos, a cambio de cuatrocientos mil muertes y muchas vidas más destrozadas por la adicción a una droga que, supuestamente, no lo era. Uno acaba por plantearse si no tendrá razón Escohotadoal pedir la legalización de estas sustancias.

Aunque la hipocresía de este mundo moderno mantiene miles de presos por posesión y tráfico de marihuana en regiones de EE. UU. donde ya es legal su venta, venta que deja suculentos ingresos en impuestos al gobierno de turno, y que hacen aflorar dinero negro, dinero que dentro de poco dejará de existir en efectivo para ser electrónico y controlable. Afortunadamente Ricky Gervais, atizando a diestro y siniestro en los Globos de Oro, sermoneaba a las estrellas del entretenimiento con una realidad que muchos conocemos y sufrimos: son ustedes unos bufones que no tienen que dar lecciones de nada. Ya lo desvelaba el personal verso de Enrique Urquijo, en una canción de Los Secretos: «pero cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario». Enrique murió de sobredosis. En Malasaña, Madrid. Nos negamos a transitar por la calle del olvido.

Publicado por  y 

FUENTE: https://www.jotdown.es/2020/01/futuro-imperfecto-9-2020-el-ano-en-que-se-acabara-el-efectivo/

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