Iconologemas: construcción/deconstrucción de los iconos culturales (3)

(Viene de la segunda parte)

Junto a los cinco grandes éxitos de la literatura del siglo XIX convertidos en iconos pop por el cine y la televisión del XX —Frankenstein, Pinocho, Alicia, Drácula y Sherlock Holmes—, cabe alinear en igualdad de condiciones, por lo que a la popularidad se refiere, a otros tantos nacidos en el primer tercio del siglo pasado: Peter Pan, Tarzán, King Kong, Superman y Mickey Mouse. Clara muestra del rápido avance de la cultura de la imagen, solo en los dos primeros casos los iconos tienen un origen literario, mientras que King Kong surgió y se desarrolló en el cine, Superman pasó del cómic al cine y la televisión, y Mickey, de los dibujos animados al cómic.

Peter Pan

Si en el caso de Alicia las magistrales ilustraciones de John Tenniel le ganaron el pulso a Disney y en el de Pinocho se produjo un empate icónico entre la sobria versión de Enrico Mazzanti para la primera edición de la novela y la edulcorada marioneta disneyana, en el caso de Peter Pan se impuso claramente el icono creado para la versión en dibujos animados de 1953, y desde entonces, en el imaginario colectivo, el niño que no crece es un espigado muchachito de aspecto élfico con mallas verdes y gorro emplumado, una especie de Robin Hood adolescente que es su propia flecha voladora.

Algunas versiones cinematográficas con personajes reales —como Pan: viaje a Nunca Jamás (2015), de Joe Wright— intentan recuperar la imagen de las ilustraciones originales de F. D. Bedford, más acordes con las descripciones de la novela, donde se nos cuenta que Peter es un niño de diez años que viste un tosco traje hecho de materia vegetal. Pero el apuesto adolescente de Disney ha resultado ser un catalizador mucho más eficaz de las fantasías tanto infantiles como adultas, y tanto masculinas como femeninas.

Tarzán

Desde el punto de vista iconográfico, Tarzán es, ante todo, un pretexto para mostrar a un héroe desnudo (o casi). Antes de la mal llamada «revolución sexual» de los años 60, los héroes positivos del cine iban decorosamente vestidos, y a ser posible con corbata, excepto en algún péplum protagonizado por el culturista de turno: el desnudo era cosa del pasado o del futuro. No solo las mujeres se quitaban la ropa únicamente cuando lo exigía el guion: para poder justificar la desnudez de un héroe contemporáneo había que asilvestrarlo, y las aventuras de Tarzán brindaron el argumento idóneo.

No es casual que el personaje creado por Edgar Rice Burroughs pasara casi inmediatamente de las novelas al cómic y al cine, pues la fuerza del personaje estribaba en su poderosa imagen de Hércules moderno, que pedía a gritos (nunca mejor dicho) hacerse visible. Tampoco es casual que la barroca versión tebeística de Burne Hogarth haya sido denominada «la Capilla Sixtina del cómic»; consciente o inconscientemente, quienes así la definen remiten, más que a la exuberancia formal del fresco, al musculoso Adán de Miguel Ángel, que bien podría haber protagonizado alguna de las innumerables versiones de Tarzán sin más que ponerse un taparrabos.

King Kong

El gorila gigante es el único1 gran icono pop exclusivamente cinematográfico, tanto en su origen como en su desarrollo. De hecho, la principal razón de sus sucesivas versiones hay que buscarla en el progresivo perfeccionamiento de los recursos cinematográficos necesarios para crear, contextualizar y mover con la máxima verosimilitud a la enorme criatura, en la que confluyen el ancestral arquetipo del gigante, presente en todas las mitologías, y el de la bestia humanoide. Dicho lo cual, no hay que olvidar (aunque no sea relevante por lo que respecta a la gestación del mito) que la magistral película de Cooper y Schoedsack se basó en los bocetos que encargaron a Willis O’Brien. Como he señalado en otro artículo2, O’Brian hizo algo más que bocetos: realizó toda una serie de minuciosos y fascinantes dibujos que por sí mismos sugerían un mundo y una historia, y que han sido comparados a las ilustraciones de Gustave Doré. Solo que O’Brien no ilustró una obra literaria, sino un sueño personal. O más bien uno de esos «grandes sueños» que los mal llamados salvajes se sentían compelidos a contar públicamente, al intuir que atañían a la colectividad tanto o más que al individuo.

Superman

Como icono, Superman representa la fusión de Tarzán con el príncipe azul de los cuentos maravillosos. Tanto en la pionera versión en cómic de Harold Foster como en la canónica de Burne Hogarth, algunas imágenes de Tarzán saltando de liana en liana anticipan el vuelo de Superman, cuyos creadores se inspiraron claramente en el hombre mono, tanto a nivel conceptual como gráfico. Y sin salir del universo Foster, encontramos en su Príncipe Valiente, versión artúrica del príncipe azul, los elementos icónicos a añadir al musculoso héroe: la capa roja y la túnica azul, con el blasón también rojo en el centro del pecho.

Al igual que Tarzán, el hombre de acero tiene que estar semidesnudo para lucir sus poderosos músculos en todo su esplendor; pero a la vez debe ir decentemente vestido para integrarse en el mundo moderno y civilizado. Y esta «fusión de contrarios» se consigue enfundando al superhéroe en unas ceñidas mallas (principescamente azules, naturalmente), tan ceñidas que obligan a complementarlas con un slip rojo a juego con la capa y las botas-calcetines.

La indumentaria ceñida se explica por sí sola, en este como en tantos otros casos, y también el chillón slip rojo que oculta y señala a la vez; pero ¿por qué la anacrónica y afuncional capa? Por una parte, la capa, sobre todo si es roja, es un símbolo de poder y majestad, y, por otra, es el complemento indispensable de la espada en todo un subgénero de novelas y películas de aventuras que no en vano se denominan precisamente «de capa y espada». La simbología de la espada no requiere muchas explicaciones: es el arma por antonomasia, instrumento primordial y emblema del guerrero; y la de la capa no es menos obvia: envuelve y oculta, a la vez que protege (a menudo, en cuentos y leyendas, otorga la invisibilidad). La espada es acción y la capa misterio, los dos ingredientes básicos de toda aventura.

Por último, pero no menos importante, no hay que olvidar la función ornamental de la capa y su elocuencia cinética: puede desplegarse como la cola del pavo real y ondear al viento como una bandera, magnificando y embelleciendo la figura de su portador. Y en el caso de Superman, a menudo cumple también una función vectorial: si en una viñeta lo vemos flotando cerca del suelo con la capa por encima de la cabeza, sabemos que el superhéroe volador está aterrizando.

Mickey Mouse

Una circunferencia de radio r y, tangentes a ella en sendos puntos separados por un arco de 90º, dos circunferencias de radio r/2. El resultado de esta sencilla construcción geométrica, uno de los iconos más universales y evocadores de nuestro tiempo, emblema de un personaje de cuya popularidad da idea el hecho de que sea reconocible incluso en su representación más esquemática (la potencia de una marca es inversamente proporcional a la mínima cantidad de información icónica necesaria para identificarla).

Aunque hay dos versiones de Mickey, la cómica de los dibujos animados y la «seria» de las historietas, ambas se diferencian muy poco en lo que a la representación del rostro se refiere: es sobre todo la indumentaria y la actitud corporal lo que nos indica si estamos ante el Mickey cómico o el «serio», mientras que el rostro —tanto en los rasgos como en la expresión— permanece prácticamente inmutable, y llama la atención que una mayor complejidad narrativa no vaya acompañada de una mayor definición del personaje, ni a nivel conceptual ni icónico. En realidad, no sabemos quién es Mickey ni a qué se dedica cuando no está metido en algún lío: es una «función» —en el sentido de Propp— más que un personaje, como los protagonistas de los cuentos maravillosos, y por eso no nos sorprende verlo convertido en el sastrecillo valiente o el aprendiz de brujo, cual comodín narrativo encajable en cualquier historia que requiera un protagonista alegre y desenfadado, pero ejemplar.

Conclusión

La lista de iconos pop presentada en este y los dos artículos anteriores es fácilmente ampliable, pero difícilmente reducible. Todos y cada uno de los diez personajes elegidos ocupan un lugar muy alto y muy suyo en el santuario de los héroes —y antihéroes— modernos, y juntos ofrecen un panorama, si no completo, amplio y representativo de nuestra cultura de masas. A señalar que cinco de estos personajes —Frankenstein, Drácula, Tarzán, King Kong y Superman— destacan por su fuerza extraordinaria, a menudo convertida en violencia destructora, y solo uno —Sherlock Holmes—- por su excepcional inteligencia. Y solo una niña —Alicia— consigue colarse en un elenco casi exclusivamente masculino. La conclusión es tan clara como preocupante: vivimos inmersos en una cultura patriarcal, maniquea y violenta, en la que, también a nivel icónico, la fuerza prevalece sobre la razón.

Notas

(1) El único de los diez contemplados en esta serie de artículos, quiero decir. El cine ha generado numerosos iconos pop con escasa o ninguna colaboración de otros medios; aunque, seguramente, ninguno tan universal y duradero como King Kong.

(2) A cuatro de los personajes abordados en esta ocasión —Tarzán, King Kong, Superman y Mickey Mouse— les he dedicado sendos artículos en estas mismas páginas, por lo que, aunque ahora el enfoque sea eminentemente iconológico, es inevitable que incurra en algunas repeticiones.

AUTOR: Publicado por Carlo Frabetti

También puedes leer las publicaciones previas de esta serie en:

# 1 – https://www.jotdown.es/2022/02/iconologemas-iconos-culturales/

# 2 – https://www.jotdown.es/2022/02/iconologemas-iconos-culturales-2/

FUENTE: https://www.jotdown.es/2022/04/iconologemas-iconos-culturales-3/

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