Publicaciones de la categoría: ARTE Y LITERATURA

EL DÍA EN EL QUE DOSTOIEVSKI DESCUBRIÓ EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA VIDA

EL GRAN ESCRITOR RUSO TUVO UN SUEÑO Y EN EL SUEÑO SE LE REVELÓ LA VERDAD

Pocos escritores en la historia han sido capaces de tener una experiencia más profunda, compleja, trágica y espiritual que Fiodor Dostoievski, el gran escritor ruso. Dostoievski vivió, además de todos los acontecimientos que le sucedieron, como ser condenado a una prisión en Siberia, una vida intelectual igualmente llena de eventos y transformaciones. Pero sin duda el gran evento en la vida intelectual de Dostoievski fue su transformación de un nihilismo materialista en su juventud a una visión profundamente religiosa del mundo en su madurez.

Para Dostoievski, de manera sencilla, el infierno existía en el mundo sólo en tanto que el ser humano rechaza a la divinidad que es el amor y se engaña a sí mismo con la idolatría del ego y la importancia personal. En uno de sus cuentos, de hecho en su última pieza, conocida como El sueño de un hombre ridículo, Dostoievski narra un sueño en el que se le revela al protagonista el significado de la vida. Podemos tomar este sueño como una nota autobiográfica.

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Encerrados ilustres

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La demencia de Isabel de Portugal. Cuadro atribuido al pintor barcelonés Pelegrí Clavé, en el que se muestra a la reina viuda de Castilla, Isabel de Portugal y Braganza, siendo víctima de uno de sus ataques de demencia. A su lado se encuentran su hijo menor, Alfonso de Castilla (izquierda) y su hija mayor, la futura reina Isabel la Católica (derecha) junto con otros personajes de la pequeña corte que acompañaba a la familia en su exilio.

Aprovechemos la ocasión, que la pintan calva. No somos los primeros encerrados, esto viene de lejos, ahora bien, es la primera vez que ocurre en nuestras vidas, que es un matiz tan importante a considerar como el de la diferencia entre caro y mucho dinero que la baronesa Thyssen estableció en una entrevista de TV: «Que tenga dinero para pagarlo no significa que no me pueda parecer caro, no nos confundamos».

Eso, no nos confundamos. Somos la primera generación que no ha vivido una guerra, ni una hambruna, ni ha sido víctima de plagas o morbos (hasta ahora). Los libres nos sentimos encerrados y ahora caemos en la cuenta de que hay mucha gente presa, solitaria, que no se vale por sí misma o que anda en la noche oscura del alma, aquellos que no ven salida a su tristeza y a su desgana, los que viven atrapados en la oscuridad sin resquicios. Eso sí es un encierro duro…

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Job, la prensa española y el coronavirus

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De repente, el zarpazo de las circunstancias

«Había en la tierra de Hus un hombre llamado Job» (Job 1,1). Así comienza el relato que tiene a Job como protagonista. Sabemos cómo sigue: Job era justo y rico, pero en poco tiempo la desgracia cae sobre él y pierde todo. Postrado en un muladar, abandonado, se debate entre el silencio y el grito. No es difícil encontrar un paralelismo con la situación que desde hace semanas vive más de la mitad de la humanidad: en pocos días se ha pasado de la prosperidad despreocupada al confinamiento para protegerse de la desgracia, que cuenta los muertos por decenas de miles y los daños económicos por miles de millones.

Como a Job, de repente, la realidad se nos ha impuesto sin tapujos, arrancando de cuajo el velo del sopor al que nos habíamos acostumbrado. Lo ha señalado agudamente J. Á. González Sainz:

«En la vida de un país o de una persona, hay veces en que la realidad, la realidad más descarnadamente real, la más cruda y menos guisada por las recetas y los cocineros de mentalidades y relatos, irrumpe de repente con una violencia pavorosa a la que no estábamos acostumbrados».

Poco sirven entonces nuestras defensas; es más, continúa el escritor, «el hábito de sustitución de las cosas y los hechos por su uso estratégicamente fraudulento, de la realidad por la ideología, de la verdad por la costumbre impune del embuste y de lo crucial por la banalidad nos pone en las peores condiciones para enfrentarnos a una venganza de la realidad en toda regla» (El Mundo, 20 de marzo).

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Trece poemas de Ludovico Silva

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SER Y SOLEDAD

La vida es soledad acompañada
que marcha hacia su propio destierro.
Ir a la nada, es algo.
Venir del fondo del ser, es más aún.

Ludovico Silva

24 de noviembre 1978.

Vomité un Conejito

Ludovico Silva poemas

Poemas del libro Cadáveres de circunstancias(1979).

SENTIDOS

Mis ojos nada saben de estas joyas
conque mi alma ha mirado
la soledad futura del recuerdo.

Mis manos nada saben de estas ramas
conque mi alma ha tocado
la tristeza de ser tan solo un cuerpo.

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Jesús de Nazaret (IV): Sangre y resurrección

The_Incredulity_of_Saint_Thomas_by_Caravaggio

La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio, 1602

(Viene de la tercera parte)

Aruru, la diosa de la creación, contemplaba con supremo disgusto la insolencia de Gilgamesh, el poderoso rey de la ciudad sumeria de Uruk. La diosa sabía que Gilgamesh se había demostrado invencible en combate y por ello decidió juntar arcilla con agua para moldear un hombre cuyas cualidades únicas pudiesen convertirlo en un rival digno del rey sumerio. El nuevo hombre se llamó Enkidu, que significaba «hijo de Enki, dios de las aguas». Mucho tiempo atrás, había sido Enki quien, mediante la unión de la arcilla con la esencia misma de la vida, la sangre, había creado la raza humana para convertirla en servidora de los dioses.

Cuando Enkidu cobró vida, sin embargo, no adquirió consciencia de sí mismo. Era tal su inocencia que correteaba desnudo junto a los animales. Desconocía las costumbres de los humanos; no cazaba, no cultivaba, no se vestía, no se cortaba el cabello. Vivía en completa armonía con la naturaleza y era incapaz de actuar con violencia. En semejante estado silvestre, Enkidu se demostraba inútil para los propósitos de la diosa Aruru. Pero ella no se rindió. Había que despertar a Enkidu…

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Bradbury y la temperatura del papel

Fahrenheit 451 - Paper Temperature

Detalle de la cubierta de Fahrenheit 451 60th Anniversary Edition

Con el tiempo, lo que más aprecio en las personas son sus contradicciones y defectos, porque me parece que mediante el conocimiento de nuestros límites se percibe mejor cómo somos verdaderamente. Se podría decir que lo que no hacemos bien nos define tanto o más que aquello en lo que somos buenos. Una contradicción en nuestra vida es una fisura en la fachada de nuestra imagen social, a través de la que el buen observador contempla nuestro verdadero interior. Este razonamiento también funciona con los escritores a los que uno admira, porque la primera materia de la buena literatura es la vida. Ray Bradbury fue un escritor de ciencia ficción que odiaba la tecnología, que jamás condujo un coche ni utilizó un ordenador. Una contradicción tremendamente prolífica, como se sabe. La aversión a los automóviles (ni siquiera llegó a tener carné de conducir) le venía por un trauma: al parecer presenció un terrible accidente en el que tres personas fallecieron cuanto tenía dieciséis años. Contó alguna vez que después de verlo tuvo que volver a casa apoyándose en muros y árboles, incapaz de caminar. Le llevó semanas reunir fuerzas para salir de nuevo a la calle.

Como autor, Bradbury encerraba la misma paradoja que como hombre: pensar en el futuro desde una permanente añoranza del pasado. Si pensaba en el futuro era para tenerle miedo. Coches y ordenadores eran algunos de los grandes peligros de la humanidad para él, y dedicó tanto esfuerzo a sacar fuera esos miedos que nos legó obras futuristas que en realidad reivindican el pasado. Así son sus Crónicas Marcianas o Fahrenheit 451, que pueden interpretarse sin forzarlos demasiado como una especie de manifiestos luditas en los que la cultura de verdad, la que contienen los libros, siempre es la gran amenazada. Su odio por la tecnología era general y trascendente, en el sentido de que era algo profundamente estudiado y meditado. Temía intensamente, y ahí es donde más me identifico con él, que la modernidad enterrase nuestra cultura y quemara nuestros libros, entiéndase esto último de una manera literal o simbólica. Cuando le preguntaban qué le parecía internet, solía responder que para él era algo anticuado, una técnica que nos anclaba como sociedad en lo estático. Creía que la conquista del espacio nos hacía más libres, y las redes electrónicas más esclavos. Por suerte para la humanidad, en la literatura siempre ha existido una estirpe de visionarios especialistas en nadar a contracorriente, y este escritor de Illinois es uno de ellos…

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Alcanzando a una generación lejos del Padre (Lucas 15:17)

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