Franziska Nietzsche: parir al superfilósofo, cuidar del hombre-niño

Franziska Nietzsche y Friedrich Nietzsche. (DP

El incidente es bien conocido: el 3 de enero de 1889 Friedrich Nietzsche sale de su casa de Turín y en una de las plazas ve a un cochero golpeando a un caballo. Entra en barrena. Llorando, se arroja al cuello del animal para protegerlo y se derrumba. Nietzsche no volvería a ser Nietzsche. «Pocos días después Franz Overbeck busca al amigo mentalmente trastornado. Nietzsche vegetó todavía durante diez años», se lee en la obra que el ensayista Rüdiger Safranski le dedica al filósofo. De ahí se pasa a «otra historia, la de sus repercusiones e influjos». No queda nada claro cómo vegetó durante esos diez años. Y es tal la precariedad de la existencia, que ni vegetar puede uno solo: es preciso tener alguien al lado que se ocupe de las comidas, las babas y las mierdas. Ya se sabe que esto no es relevante quizá para la gran historia del pensamiento, pero, oye, una mención a tiempo no es que sea una victoria; es simplemente justicia…

Las Nietzsche, gentuza

La que se ocupó de ese largo vegetar de Friedrich Nietzsche fue principalmente su madre, Franziska Nietzsche, hasta que murió y su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche, que se arrimó cuando vio claro que de ahí podría sacar tajada. Para Nietzsche, gentuza. Así se había referido el filósofo a ambas en Ecce homo, escrito poco antes del colapso. Allí reniega de ambas. Despotrica más bien: «Cuando busco la antítesis más profunda de mí mismo, la incalculable vulgaridad de los instintos, encuentro siempre a mi madre y a mi hermana. Creer que yo estoy emparentado con tal canaille [gentuza] sería una blasfemia contra mi divinidad. El trato que me dan mi madre y mi hermana, hasta este momento, me inspira un horror indecible (…). Confieso que la objeción más honda contra el “eterno retorno”, que es mi pensamiento auténticamente abismal, son siempre mi madre y mi hermana».

No pasa nada. Todo está perdonado. El colapso acabó con el filósofo y con el hijo raro, pero le devolvió a Franziska Nietzsche un niño, un enfermo a quien cuidar y con el que sabía lidiar. La filosofía podría haber perdido una de sus cabezas más brillantes, pero aquella madre había recobrado al hijo pródigo. Una vez más, vaya giro de guion.

«Mi melancólica alegría»

Franziska Nietzsche había nacido el 2 de febrero de 1826 en Pobles, una pequeña localidad sajona. Hija de Wilhelmine Oehler y de David Ernst, un pastor luterano, creció en una familia numerosa y se trasladó a vivir a Röcken con diecisiete años, cuando se casó con otro pastor luterano, Karl Ludwig Nietzsche, con el que tuvo dos hijos, además del filósofo. Antes de cumplir los veinticinco ya estaba viuda y había perdido al hijo menor, con lo que la tragedia no era ninguna desconocida para ella. Tras estas desgracias, Franziska se mudó a Naumburg, instalándose en casa de su suegra y sus cuñadas. Allí creció Friedrich Nietzsche, con quien siempre tuvo una relación tormentosa hasta que la vida se lo devolvió encogido, hecho un niño. Entonces Franziska le canta, le alimenta y le engorda, le viste, le asea y se afana en encontrarle compañía que esté a la altura intelectual —pues cree que esto le sanará—. También escribe sin tregua a viejos conocidos o amigos para dar cuenta de los progresos o deterioros de su hijo, se obsesiona con el dinero, se agota con otras preocupaciones, como el legado editorial de Friedrich, y muere finalmente el 20 de abril de 1897. En su última carta, a principios de ese mes, da cuenta ya de su debilidad, solo se levanta para ayudar al enfermo, pero está contenta: «Alabado sea Dios solo por haberme permitido hasta ahora prodigar los cuidados a mi hijo (…). Él sigue siendo mi melancólica alegría».

Los años de la locura, los años de los cuidados

Esto por lo que respecta a una biografía apresurada, pero hay una parte que se deja recomponer a cámara más lenta. Si sabemos mejor de Franziska Nietzsche y de los últimos años de Friedrich es gracias a la correspondencia cumplida, frenética, que la madre del filósofo mantuvo con el leal Franz Overbeck, el teólogo, gran amigo del filósofo y albacea de su obra. Franziska siempre le estará agradecidísima al profesor, porque fue el primero en acudir a socorrer a su hijo después del colapso y porque se preocupó por él hasta el final, gestionando incluso una pensión vitalicia de la Universidad de Basilea, que le hará llegar a la madre, siempre atribulada por las preocupaciones financieras. En 2018 Hermida editores publicó esta correspondencia en una edición al cuidado de María Jesús Franco Durán. Se titula Los años de la locura… de Friedrich, se sobreentiende, porque para Franziska Nietzsche esos serían los años de los cuidados. Ocho hasta que murió. El hijo sobrevivió tres más.

Alimento para el cuerpo, alimento para el espíritu

El libro se abre con la crónica de un trayecto en tren que tenía por objetivo ingresar al filósofo en un sanatorio en Jena. «Qué bueno fue el principio del viaje cuando él mostraba una alegría evidente por tenerme a su lado. En el momento de darle un bocadillo con fiambre comentó: “Hacía tiempo que no comía unos bocadillos de jamón tan ricos”. Y, después, con las cerezas (…)». En ese mismo viaje también habla Franziska Nietzsche de un ataque de furia contra ella y de cómo el paciente había sosegado el ánimo con la lectura de algunos periódicos. «De esta manera se estuvo bastante quieto». Ambos relatos componen un resumen concentrado de lo que fue la vida y la relación entre Friedrich y Franziska Nietzsche a partir de su colapso en Turín: procurarle alimento, sosiego, entretenimiento, intentar calmar sus ataques… De todo ello irá dando cuenta al profesor, junto con algunos detalles escabrosos e intrigas.

En la introducción, escribe María Jesús Franco Durán, que también es la traductora: «Overbeck fue un desahogo para Franziska y un alivio de sus tristezas y penalidades. Su actividad como teólogo y la fidelidad hacia su amigo hizo que la madre de Nietzsche le tuviera plena confianza y que, llevada por el profundo agradecimiento que sentía hacia el profesor, le participara detalles de la vida de su hijo, que ninguna otra persona tenía derecho a saber». Efectivamente, las cartas están llenas de «secretos». La madre de Nietzsche desconfía de los médicos que en un principio juzgan mejor mantenerla alejada del paciente. Ella no se fía porque, con cierto negacionismo, piensa que nadie como ella, su madre, conoce a su hijo, sabe lo que le pasa y sabrá cuidarlo… a su manera.

Además tiene sus propias ideas sobre el diagnóstico y sus teorías. Sobre lo que le ha ocurrido, «quién puede sorprenderse de que todo haya acabado así: cuatro libros publicados uno tras otro y con tanta rapidez, además de haberlos escrito él mismo, corregido las pruebas de imprenta, etcétera, y cómo le afectaba ya todo eso cada vez que escribía tan solo un libro». Y más adelante: «El ocaso de los ídolos o cómo se filosofa a martillazos lo he tomado prestado y leído un poco. Está claro que una obra así puede devanarle a uno los sesos, y las otras obras son del mismo estilo». Finalmente se lanza a un diagnóstico en una carta que le remite a Overbeck en abril de 1889: «Tengo la sensación de que creen que se trata de algo congénito y conforme a esta idea lo están curando (…). Yo creo más bien que está relacionado con un exceso de trabajo y “los últimos setenta días” (…)», refiriéndose al extraordinariamente productivo periodo que antecedió a su colapso.

Buenos alimentos, nervios templados y la inestimable participación divina forman para Franziska parte de la cura de su nuevo hijo. De todo ello llevan buena dosis sus cuidados, pero hay algo que se le resiste y busca procurarle. Se afana en que, de vez en cuando, alguien de su altura intelectual lo acompañe paseando y le dé conversación a un nivel al que ella no puede llegar. Hay algunos intentos, algunas personas con las que Friedrich tuvo relación o admiradores se acercan y hacen esa función, pero abandonan o surgen rencillas y el proyecto se desvanece… En este sentido es emocionante la escena que describe en la carta fechada el 5 de octubre de 1890, donde Franziska narra ciertos «ejercicios de memoria» que le hace porque cree que le vienen bien:

Por ejemplo, yo le pregunto por Epicuro o Aristóteles: «cuéntame quién fue», y así con otras tantas destacadas personalidades. Entonces me cuenta cosas durante una hora, refiriendo las razones por las que se distingue como el mayor de los ingenios, y desde ahí vamos de nuevo a otras conocidas personalidades, de tal manera que siempre lamento el que no lo escuche ninguna persona culta y erudita que pudiera replicarle de manera análoga…

Franziska Nietzsche se sale con la suya

Junto a cuidar devotamente de su hijo, cumpliendo sus estándares de buena madre, Franziska Nietzsche tiene que parecerlo. Su posición respecto a las indicaciones de los médicos es arriesgada, pero tiene un plan y se decide a ir en busca de su hijo a Jena y rescatarlo del sanatorio. Pasan juntos la mayor parte del día, le tantea, de todo ello le hace partícipe a su interlocutor: «Lo recojo a las nueve y media de la mañana y se queda conmigo hasta las siete menos cuarto. Pero no puedo quitarme de la cabeza que tal vez avanzaríamos más si dejara de estar en contacto con los enfermos más nerviosos. Ir a Naumburgo es algo sobre lo que no quiere oír hablar. También he sopesado la lucha diaria…». Al final se decide y lo saca y se muestra orgullosa de ello. Lo exhibe como un triunfo: «Lo que más le gusta es que le ponga mi mano derecha en la frente mientras le leo y siempre me da un beso en la mano y me susurra: “Te adoro, madrecita querida” (…) No voy a abandonar a mi querido niño nunca más. Todavía me pesa el haberme dejado convencer por los médicos cada vez que yo quería traérmelo a casa y el no haberlo hecho antes».

Faltaba una etapa por completar en el camino de regreso. De Jena, la pareja parte apresuradamente a Naumburgo, después de un incidente que supuso un pequeño escándalo público: Friedrich se ha escapado de casa y lo devuelve un policía que relata como aquel hombre «había querido bañarse en uno charco que había al lado del baño de caballeros y que, en efecto, se había paseado desnudo un buen rato».

Nietzsche, cuidado por su hermana Elisabeth en 1889. (DP)

Cuidar a la cuidadora: la excelente Alwine

Madre e hijo viajan en tren a su ciudad. Allí les espera Alwine «la excelente». En esta historia de cuidados y recuperaciones, ella, la sirvienta, es la encargada de cuidar a la cuidadora, pero ¿quién cuidaría de ella? La cadena se interrumpe en esta mujer, que permaneció gran parte de su vida junto a los Nietzsche. La estimaban mucho y la celebraban también. La carta que el 30 de agosto de 1888 Friedrich escribe a su madre desde Sils es más bien para ella, todo un elogio de Alwine:

Mi querida madre:

Es mi deseo que esta carta te llegue el 2 de septiembre a más tardar, no para celebrar el aniversario de Sedán, sino porque ese día la excelente Alwine cumplirá diez años contigo. En estos días, en los que todo está en constante movimiento, este período es casi un milagro; pocas cosas hay por las que se te pueda envidiar más (excepto por su hijo) Es precisamente porque estás sola, con cada uno de tus dos hijos en un extremo del mundo, por lo que realmente necesitas una criatura tan buena y fiel a tu lado, para sentirte en casa. Lo malo es que no encontrarás fácilmente una sustituta si alguna vez es necesario. Por favor, dile a Alwine de mi parte lo mucho que le agradezco y aprecio sus servicios y que creo que todo lo bueno en este mundo tiene su recompensa.

En las cartas que Franziska remite a Overbeck, Alwine también está presente y siempre se lleva los elogios por su fidelidad, su trabajo, su dedicación y cuidados. Ella es su verdadero soporte y quien le aligera la carga y no deja de reconocérselo. Si en la carta de Friedrich él celebraba los diez años de Alwine junto a la familia, Franziska recuerda que «pronto cumplirá quince a nuestro servicio y que ha resultado ser magnífica y comparte nuestras difíciles preocupaciones». Dos años después continúan la tradición de celebrar esa especie de cumpleaños laboral: «Mi buena Alwine que pronto cumplirá diecisiete años a mi servicio en esta casa, sigue siendo la mejor». Ella fue su verdadero apoyo y lo fue hasta el final. En su última carta sigue estando presente Alwine, la magnífica.

El desengaño, el desenlace: ¿una vida perdida?

El regreso a la casa familiar con el hijo pródigo llena a Franziska de energía. Se muestra confiada: «Ahora espero que todo vuelva a su ser con el tiempo y con la ayuda de Dios». Hay periodos mejores y muchos altibajos, pero finalmente la receta no da buenos resultados, ni las curas seudomédicas a base de uvas que le practica a Friedrich… La enfermedad no remite, los progresos no llegan y lo que llega multiplicado son las preocupaciones por los gastos, las gestiones burocráticas por la tutela del hijo, los litigios por las ediciones de los libros, por su legado… La hija no es ninguna ayuda, más bien enreda y presiona con su proyecto de manejar y hacerse con el archivo, decidir qué se publica y cómo… Elisabeth negocia, toma las riendas y Franziska es escéptica, pero, atorada, acata y firma «de mala gana», cediendo en diciembre de 1895 todos los derechos sobre las publicaciones.

En el prólogo del libro de Hermida, escribe María Jesús Franco Durán: «Nietzsche, enfermo, se convierte por lo tanto en el sentido de la vida de las dos mujeres, de la madre y de la hermana (…). Una preserva en apariencia, su legado intelectual; la otra se dedica a los cuidados corporales». Más que el sentido de la vida de Franziska Nietzsche, el hijo se convirtió en la sustancia que llenó la suya, con sus días, sus meses y sus largos años de dedicación sin tregua. Así, día tras día, consumida entre preocupaciones, cansancio extremo y silencio se extingue una vida que se dedica a otra.

Dos años antes de morir, Franziska Nietzsche echa la vista atrás y hace balance en un escrito que tituló Mein Leben. Las treinta y seis páginas que se conservan empiezan con la infancia y acaban con el nacimiento de Friedrich. El documento se incluye en el libro ¿Una vida perdida?, que Ursula Schmidt-Losch dedica a Franziska Nietzsche. A la inquietante pregunta se suman más, porque ¿cuántas veces habrá pasado algo así sin que los protagonistas hayan sido un superfilósofo y su madre, sin que nadie haya reparado en esa circunstancia? Pero «alabado sea Dios solo por haberme permitido hasta ahora prodigar los cuidados a mi hijo junto a mi Alwine, tan excelente y eficaz, porque por lo demás me siento completamente paralizada», escribió Franziska Nietzsche en su última carta. Murió el 20 de abril de 1897. Su hijo Friedrich le sobrevivió tres años.

Publicado por Pilar Gómez Rodríguez

FUENTE: https://www.jotdown.es/2022/06/franziska-nietzsche-filosofo-hombre-nino/

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